Hace poco tiempo, recién recuperada de una lesión en mi
rodilla izquierda, tomé consciencia de lo maravilloso que era poder caminar,
algo que daba por sentado antes de la operación. Cada nuevo paso, era una bendición. Comprendí que
hasta ese momento había caminado en forma mecánica, mi mente en el pasado o en el futuro:
recordando, rumiando, planificando. Mis
pies y mis piernas solo eran un medio de transporte para llegar a algún lugar.
Decidí entonces hacer una pausa y observar mi caminar.
La rutina de caminar con consciencia cambió el ritmo de mi
vida cotidiana. Caminar de mi cuarto a la cocina, de la puerta de calle al
auto, desplazarme por una calle llena de gente o un bosque podía ser un impulso mecánico o, si me
enfocaba, un acto sagrado, sanador, paso
a paso.
Descubrí durante este proceso que caminar es una meditación
en acción, un acto sencillo, cotidiano e
ineludible. Una vuelta a casa con cada paso. ¿Cómo? Solo prestando atención a
la respiración y al contacto de mis pies sobre la tierra. Permitiéndome vivir
en el aquí y ahora. Caminando, simplemente
caminando. Sin hablar, sin pensar,
enfoco mi atención en la respiración y en el ritmo de mis pies. Cuando
camino en forma consciente, mi mente descansa, mi cuerpo se relaja; no hay
pasado ni futuro, solo un camino que se despliega al andar - paso a paso.
Maria Giacobone
